Tengo pareja. La quiero. Soy feliz con ella.
Y aun así, a veces me siento solo.
No es una soledad de amor ni de compañía. Es otra cosa.
Es sentir que cuesta muchísimo encontrar a alguien que mire el mundo de una forma parecida a la mía.
Alguien que entienda por qué no tengo redes sociales. No porque odie la tecnología —todo lo contrario—, sino porque no quiero vivir pendiente de una pantalla, de notificaciones, de likes o de lo que hacen los demás.
Alguien capaz de dejar el móvil encima de una mesa y olvidarse de que existe.
Que pueda estar horas hablando, construyendo algo, aprendiendo, plantando, programando, investigando o simplemente pensando.
Alguien que pueda entender la energía absurda que necesitaría un motor de Alcubierre y luego interesarse por qué los habaneros y la cayena pueden crecer en Valencia.
Que sepa cuántas kcal aporta cada macronutriente, cómo preparar cemento o cómo empezar a programar una IA.
Y si no lo sabe, mejor todavía: que quiera averiguarlo.
Porque no busco una enciclopedia.
Busco curiosidad.
Busco a alguien que no haya dividido el mundo en “esto me interesa” y “esto no es cosa mía”.
Alguien que todavía tenga ganas de tocar, probar, desmontar, construir, cultivar, investigar y preguntar por qué.
Que no necesite consumir constantemente algo para no aburrirse.
Que pueda mirar un terreno vacío y pensar qué podría construir allí. Mirar una planta y preguntarse si crecería en ese clima. Mirar un ordenador y preguntarse hasta dónde podría llevarlo. Mirar las estrellas y acabar hablando de cómo demonios podríamos viajar hasta ellas.
No necesito que sepa exactamente las mismas cosas que yo.
Necesito que entienda por qué yo necesito saberlas.
Quizá eso sea lo que más echo de menos.
Encontrar a alguien que entienda mi forma de pensar sin que tenga que explicarla constantemente.
Tengo gente a la que quiero.
Tengo pareja y soy feliz con ella.
Pero una persona puede estar acompañada y, aun así, sentirse sola en determinadas partes de sí misma.
Y creo que esa es exactamente la soledad que siento.