Me llama casi sorprendente, campechano, pero se le ve preocupado. Trato de calmarle. No tiene tanto. O, quizás, sí. Porque cada uno vive diferente sus preocupaciones.
Si me llama y no lo suele hacer, es porque que está jodido aunque vaya de duro por la vida. Logro consolarle, hacerle reír, calmarle y esas cosas.
Me ayuda su necesidad de consuelo. Es duro tener que sonreír sin malditas las ganas, estar solo en compañía, o tener que esperar que un distraído galeno le dé el okey para seguir currando con la feroz competencia que hay en su sector y en todos los curros en general.
Además, me quiere. Hace esa apuesta de contarme a mí su peripecia. Y me halaga. Y pienso rápidamente que a este hombre le hará mucho más bálsamo la voz de una amiga común que desconoce lo que le ha sucedido.
La mujer le llama, y ya le veo que vuelve a sonreír como siempre con su sonrisa de niño eterno. La mujer es un bálsamo con toda la inteligencia y sensibilidad.
Esto es una cadena de secuencias y de contactos con un único fin. Ser y estar ahí en los momentos menos gratos. Y se te pone la conciencia limpia y con galones. El hombre ya se siente menos solo. Y yo, y élla ...
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