Mujer abril. De abril. Imprevisible y enigmáticamente precoz, mujer de brillo pasión, de ganas, de deseos de romper el tabú de lo que los carcas llaman normal. Mujer de curva dibujada, de boca labios color carmesí, de rimmel ajado por la lluvia que sabe a olor de campo. Lluvia de tus ojos encendidos y vivos.
Primavera que está, mujer. Primavera de todas las edades que calma con tu belleza y tu sosiego. Mujer pizpireta y caprichosa que sabes sorprender y gustar. Mujer de abril que agradas y eriges una atracción inevitable.
Mujer sin edad. Mujer de nostalgia y vanguardia, mujer que estás ahí, y allá, y en todos los lados femeninos en que sabes ubicarte. Mujer de trueno y borrasca, de playa y flor en el estampado del pañuelo, mujer pegada a un enigma definitivo que solo descubrirán los azarosos afortunados.
Abril en mujer, rama que crece, planta que se mueve hacia lo alto y ancho camino de una más evidente vitalidad, flor que sorprende mientras te secas el pelo cuando sales de la ducha, o timbre de teléfono que suena en el momento más aparentemente inoportuno. Le intuyes a tu él. A tu abril.
Y entonces te pones los aderezos y complementos de tu madurez, y miras y detienes, y posas tu vista sobre alguien que hechizas casi sin imaginarlo, y cuando finalmente estalla tu apogeo en mayo, entonces el color de tu femineidad se vuelve anaranjado y arcoiris, espectacular y hasta mediático, arrrebatador y definitivo. Y son tus pendientes y tu sonrisa parada que elige, y tus piernas siempre cruzadas con el arte del gen, y tu yoga de paz te hace sentirte segura en medio de un abril impredecible y a la vez deseado. Mujer de abril, mujer abril, mujer desconcertante y viva, mujer que siempre existirás.
-Y EXISTES-